Si los tontos volasen, no veríamos el sol

No sé si este cambio de modus vivendi me está agriando el carácter, o si sencillamente me está quitando la mordaza (ahora que hay que llevar mascarilla, qué incrongüencia) pero todo tiene su límite y creo que cuando todo termine (si es que podemos utilizar las palabras «todo» y «terminar») apenas va a cambiar nada.  Básicamente porque una cosa es ser tonto, y otra muy distinta es ser tonto, hacer apología de ello, erigirte como orgulloso portavoz de la tontería y además empecinarte en ganar el campeonato. El campeonato de tontos, quiero decir, que por lo que veo está bastante reñido.

El otro día escuchaba decir a la alcaldesa de una población de 100.000 habitantes (aquí cerquita eh, no en Marte ni en Saturno) que «los de mi municipio saldrían adelante porque son gente luchadora y especialmente solidarios»… vaya, qué faena haber nacido en el pueblo de al lado, que no tienen tales virtudes. No saldrán adelante, claro.

Pero es que media hora antes, había vivido la experiencia de escuchar a una secretaria negarse a poner un sistema de comunicación por videoconferencia, argumentando cosas tan absurdas como «¿y si me dejo el micro abierto? podrían estar oyéndome…»? y «es que vosotros no sabéis cómo funciona ESTA secretaría»…. y a mí se me pasaba por la cabeza decir «hombre, ¿y si cuando salgo del baño me he dejado la bragueta abierta? menuda panda de cab…es los que inventaron el pantalón con cremallera… o botones…. ¿por qué no podemos llevar todos chilaba?» y también «ah… vale…. que ESTA secretaría funciona directamente al resto… básicamente hay dos tipos de secretarías: ÉSTA Y las otras 27.999 en España».

Lo que hay detrás de esto es que tenemos profesionales en nuestro sistema laboral que entienden que deben desempeñar su trabajo como en el siglo XX, a pesar de estar en el XXI, con herramientas del XXI, con humanos del XXI y con problemas a solucionar del XXI. Estas personas entienden lo que entienden porque no tienen las competencias básicas tecnológicas: la inmensa mayoría porque no ha querido adquirirlas. El equivalente en lo social sería negarnos a llevar pantalones con bragueta o sujetadores de clip, porque no tenemos las competencias básicas de adultos.

Y a esto hay que añadir que el mal endémico que les suele acompañar y nos infecta a todos: a pesar de vivir en una sociedad globalizada (con todo lo que ello supone) siguen pensando en local: yo, mí, me, conmigo. De ahí lo de «esta secretaría es diferente» o «los de Barakaldo somos diferentes».

¿Y cómo se combate esto? Pues mira, llámame loco, pero ahora que estamos en un momento de cambio en el que lo que prima es la persona (nadie se conecta online con el aula o con el colegio: se conecta con el profesor o con la secretaria) igual hay que pensar en cambiar el chip y dedicar las inversiones a mejorar el principal valor, el «recurso humano». Es decir, si se tienen unos cuantos miles de euros guardados o previstos, igual es mejor utilizarlos para despedir y contratar nuevo recurso humano (implica formación al nuevo, la que no quiso adquirir al que le abres la puerta y le invitas a que la cierre por fuera) en lugar de gastarlos en los edificios ¿no?

 

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