Tal como éramos

Hoy es un día perfecto para activar el modo abuelo cebolleta, así que ya te he avisdo. Si a partir de esta línea quieres continuar leyendo, es tu problema.

En el año 1988 yo estaba en 6º de EGB (Primaria, para los más jóvenes). Mi tutor era además el profesor de matemáticas y pre-tecnología (plástica… manualidades con serrucho, marquetería fina al fin y al cabo). Se autodenominaba «Hermano Federico» aunque lógicamente, para nosotros era el Fede.

El hombre estaba como un cencerro, algo fácil de comprobar si estabas con él en clase un par de veces. Tuvo momentos épicos que aún hoy cuando estoy con algún antiguo compañero recordamos y nos reímos a carcajadas. Entre sus muchas locuras tuvo una que me marcó: puso en marcha unas clases extraescolares gratuitas de informática todas las mañanas de 08:15 a 09:00 si mal no recuerdo, es decir, justo antes de comenzar la jornada habitual. Creo que fue porque nos dijo que los programas «de ordenador» estaban en inglés y yo iba a extraescolares de inglés desde 1º de EGB lo que me hizo morder el anzuelo, y ese fue el primer contacto con la informática. Con el lenguaje de programación «LOGO», con el software de diseño «Print Master,» con la suite ofimática «Serie Asisstant», con una placa base de un IBM 515 8088, luego un 640X, y unos disketes de 5.1/4… A partir de aquellas clases se encaminaría mi vida profesional. Recuerdo que era durísimo ir a esa edad tan pronto al tren yo solo, recuerdo la niebla en invierno pasando junto a la cabina telefónica que había en la esquina de la plaza donde crecí, junto a una fuente… como si fuera ayer.

Y como si fuera ayer recuerdo una de las chaladuras que nos contó en un par de ocasiones. Nos decía, hablando de las guerras en alguna clase de tutoría: «... y están inventando bombas que dejan intactos los edificios y matan a las personas«. Y todos le mirábamos como las vacas al tren. Y el parloteaba y parloteaba… y seguía con sus rollos. Y en realidad estaba hablando del SIDA, de la Gripe A, del ébola… y del puto Coronavirus. Cuanto más lo recuerdo, más lo pienso y creo que tenía más razón que un santo.

Dicen que cuando pasan los años recordamos más las conexiones emocionales con nuestros profesores que los contenidos que nos trasmitieron. Del Fede tengo grabado a fuego su pasión por la informática, las risas que nos hacíamos con su forma de comunicarse, atolondrada… y aquel mensaje que nunca entendí y que tal vez hoy me gustaría no creer. Sea como fuere, gracias Fede. Gracias a ti, por ejemplo, hoy escribo en este blog.

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