Vendehumos

Dicen que con la edad se va perdiendo vista, pero que paradójicamente se desarrolla la capacidad de ver a los vendehumos y a los vendemotos de lejos. Dicen también que con la edad se va perdiendo pelo, pero esto último no es del todo cierto, porque hay quien me dobla en años y en densidad capilar. Qué poco me gusta cumplir años, la verdad.

Yo perdía vista poco a poco, como la inmensa mayoría de ciudadanos (creo que la gente que vive en entornos más rurales, como está todo el día a plena luz natural no sufre la epidemia de miopía actual de tu entorno y el mío) hasta que llegó 2015 y la vida me dio un tortazo de aupa, dejándome ciego durante un par de largos y oscuros meses, aunque hoy eso ya es sólo un recuerdo. Aún así, aunque me recuperé, tardé en llegar a ese estado en el que se ve de lejos a los vendehumos. Pero llegué. Y de eso quiero hablar hoy.

En el sector informático es fácil encontrarse con este tipo de personajes. Palabrería, seguridad extrema en lo que dicen, elegancia, sonrisa perenne, mucho-mucho-mucho verbo (es una estrategia, no callan) y en realidad no saben de nada, ni técnica ni operativamente. Durante 3 años sufrí a dos de estos en mis carnes, curiosamente ambos se llamaban (se llaman) JORGE, y hasta que no les di la patada en 2018, no volví a sentirme bien. Qué asco.

Juguemos al Pasapalabra va:

  • Jorge d_ l_ H_rr_n
  • Jorge G_rc__ d_l _rc_

Venga, compra un par de vocales y resuelves. Campan a sus anchas por el Gran Bilbao. Siempre en proyectos innovadores, motivadores… salvando el mundo (que si el agua, que si el mundo rural y la tecnología, que si la comunicación en política) y lo cierto es que no saben ni de lo que hablan. Pretenden dar lecciones de BIG DATA, de INTELIGENCIA ARTIFICIAL… y lamentablemente, siempre encuentran a alguien para engañar.

Y lo peor es que como además viven de darse bombo, quieras o no te los encuentras en las redes sociales, en charletas, engañando a personas con talento e ilusión… son como esos parásitos que se acercan a un ente vivo, le exprimen el jugo y luego se van a buscar al siguiente incauto.

Podría extenderme durante horas dando detalles de ambos, no lo haré aquí, no ahora. Ya llegará. La semana pasada coincidí con uno de ellos en un vuelo, regresando de Madrid y no pude evitar un saludo protocolario. No le dije nada. Me estoy haciendo mayor. Con el otro personaje me encontré en un campo de fútbol infantil… y tampoco le dije todo lo que me gustaría. No sé si esto es madurar o hacerse un blandengue.

En cualquier caso, hoy el consejo es para mí: por muy listo que te creas, siempre podrás cruzarte con un imbécil que te lleve al huerto. En próximos artículos haré una disección de los elementos a detectar para huir de esta gentuza. De momento, prefiero ir quedándome calvo, en lugar de comprar crecepelos mágicos.

Feliz día de Santa Agueda.

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